domingo, 19 de noviembre de 2017

San Patricio

Etimológicamente significa “de cuna noble”. Viene de la lengua latina. Este joven, que tanto bien haría en la isla de Irlanda, nació en Dumbrito, Escocia, en el año 385. La vida no siempre trata bien a las personas. Siendo todavía un niño, unos maleantes se lo llevaron juntamente con su hermana a Irlanda, para ser vendidos como esclavos. Así, quienes los compraron los pusieron a cuidar ganado en los verdes prados de la isla. Dios, que nunca abandona a quienes ponen su confianza en su providencia, le envió un ángel para darle el encargo del modo de adquirir el dinero suficiente y lograr su rescate. Una vez que fue al lugar indicado, encontró el dinero. Lo cogió y se presentó a su dueño pidiéndole la libertad. Tenía entonces 18 años. A partir de este instante, se fue a la escuela de san Germán. El director se quedó prendado de sus cualidades humanas y de su fe ardiente en el Dios de los cristianos. Le indicó, además, que por qué no entraba en el seminario para hacerse sacerdote. Era tal su virtud que el mismo maestro le envió al Papa Celestino I para que de sus manos recibiera la ordenación sacerdotal. Una vez que se ordenó de sacerdote, volvió a Irlanda para cristianizarla. Camino que no le fue fácil. Como solía ocurrir en aquellas islas, los hechiceros eran el pan nuestro de cada día. Temían que les quitara la clientela. Cuando no hay fe en el Señor, se buscan subterfugios ayer, hoy y mañana. Basta con ver los programas de televisión dedicados a esta materia. Había por aquellos años un ídolo de tamaño muy grande, al que consideraban el dios de los dioses. Patricio, llevado de su celo sacerdotal, rezaba a Dios para que lo exterminase. Y estando en oración, vio con sus propios ojos cómo caía al suelo hecho pedazos. La gente que le rodeaba, al ver este horror, se dio cuenta de que el Dios de Patricio era mucho más fuerte que el de los hechiceros. Patricio arrastraba a la gente, no solamente con su fluida elocuencia sino también con el testimonio de su vida santa. Dicen que era incansable y que apenas dormía. Dios le hizo ver que toda su obra no fue en balde. Había logrado convertir a la isla en cristiana. El, como obispo, ordenó a sacerdotes, consagró a otros obispos y todo el pueblo le quería. Murió a los 80 años en el 461. Es patrono de Irlanda. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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