martes, 21 de noviembre de 2017

San Pablo Miki

Etimológicamente significa “pequeño”. Viene de la lengua hebrea. Tanto en los primeros siglos como en los siguientes – y hoy mismo – los seguidores de Jesucristo encuentran el martirio donde menos se lo esperan. Pablo era un jesuita japonés. Había predicado la palabra de Dios con elegancia y convicción. Quiso seguir las huellas de su predecesor san Francisco Javier. El cristianismo lo habían enraizado los padres franciscanos. Habían fundado escuelas, casas de acogida, parroquias y leproserías. Sus palabras estaban refrendadas por sus obras de caridad. Pero Japón sufría altercados y trastornos políticos. El shogun Taïcosama tenía la idea de unificar todo el inmenso país limitando la influencia de los daïmios locales. Esta limitación afectaba también a la religión cristiana, otra gran influencia extranjera. Entonces los shogun se echaron contra los cristianos. En 1587 se expulsaron a los misioneros y se prohibió formalmente el cristianismo en todo el país. Los misioneros huyeron buscando un refugio clandestino. Diez años más tarde, sin embargo, se recrudeció la persecución. En 1597 se apresó a Miki y juntamente con él a otros 26 misioneros. Pertenecían a la Comapñia de Jesús, a los franciscanos – padres y seglares de la tercera rama terciaria -, y a los niños que formaban parte de los coros parroquiales. Entre estos mártires hay que situar a Pablo Miki, el primer jesuita que se distinguió por su predicación apasionada del Evangelio. Se les llevó de ciudad en ciudad haciendo ver a la gente que la religión cristiana estaba prohibida. Los torturaron de mi maneras hasta que en la colina de Nagasaki fueron crucificados mientras personaban a sus verdugos y cantaban cánticos de acción de gracias. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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