lunes, 20 de noviembre de 2017

San Blas

Etimológicamente significa “cojo y tartamudo”. Viene de la lengua griega. Tienes esta mañana ante tus ojos a un joven que llegó y sigue siendo popular entre los cristianos del mundo entero. Cada vez que tu hijo se traga algo extraño, además de darle el golpe en la espalda sueles invocar a este santo protector de la garganta. Y si tú no lo haces porque estás sumido en la postmodernidad, tus padres sí que lo hacen. Este joven nació en Sebaste, en la segunda mitad del siglo III. Era médico no solamente de los cuerpos sino también de las almas , a las que intentaba llevar a la senda de la santidad. Por aclamación unánime el pueblo le puso de obispo en la diócesis. Era la costumbre de aquel tiempo. Huyendo de la persecución de Diocleciano se marchó a la montaña, pero seguía manteniendo contacto con los cristianos mediante visitas que le hacían y enviándoles cartas y recomendaciones. Estando en la montaña, le tomó gusto a la vida de ermitaño. Pero la policía imperial lo husmeaba todo hasta que lo encontraron en una cueva de difícil acceso. Dicen que lo vieron rodeado de animales, mansos y fieros, sin que le hicieran el menor daño. Mientras lo llevaban a la ciudad todo el mundo le aplaudía tanto cristianos como paganos. Apenas llegó ante la presencia del procurador, sin que medie juicio previo, lo condenan por blasfemo. Si quieres salvarte, le dicen, echa incienso a los dioses romanos. Como se negó rotundamente, le condenaron a que le cortaran la cabeza. Los cristianos empezaron en seguida a darle culto en Oriente y Occidente y le levantaron muchas iglesias. Murió el año 316. ¡Felicidades a los que lleven este nombre!


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