domingo, 19 de noviembre de 2017

Santa Isabel de Hungría

Etimológicamente significa “juramento de Dios”. Viene de la lengua hebrea. Lo primero que llama la atención en esta figura es su ternura, delicadeza y amor de señora, esposa y madre. Su padre, Andrés II de Hungría, la prometió a su hija princesa con el joven Luis, hijo de los duques de Turingia. A los 14 años contrajo matrimonio. A pesar de su juventud, se querían mucho. Ella, de una fe profunda, solía repetir frecuentemente:" La piedad divina no suprime el afecto humano sino que lo engrandece". Aunque se casó sin pedirle permiso, no obstante, amó tiernamente a su marido. Cuando llegaron los franciscanos a Alemania le hicieron ver la espiritualidad del santo. Tanto le impresionó su espiritualidad que desde entonces se puso al servicio de los pobres y de las familias que habían sufrido a consecuencia de las guerras. Dicen que era de una belleza despampanante pero vestía como una persona normal. En 1227 tuvo la desgracia de perder a su amado esposo cuando se disponía para embarcar a una Cruzada. Quedarse viuda a los 20 años fue una dura prueba para su alma sensible. Y además, estaba embarazada de su tercer hijo. Quisieron que se casara de nuevo pero ella rechazó tal proposición. Entonces la familia reaccionó fatal. La echaron del palacio con sus tres hijos y la alojaron en una casa de mala muerte. Menos mal que su tío, que era obispo de Bamberg calmó las riñas familiares. Ella, viéndose así, entró en la tercera rama de la Orden franciscana. La familia de duques se encargó de sus tres hijos. Todo cuanto ella tenía de bienes y de posesiones, los vendió para entregárselo a los pobres de aquellos lugares. Mandó que construyeran para ellos una casa hospital. Murió a los 24 años con la felicidad de haber hecho felices a los pobres. ¡Felicidades a las Isabel!


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