sábado, 18 de noviembre de 2017

San Carlos Borromeo

Etimológicamente significa “magnánimo”. Viene de la lengua inglesa y alemana. La gran riqueza, ayer, hoy y siempre, es la del alma. Esta da siempre sin detenerse nunca. Y cuanto más da, más le queda y más felicidad procura al interior de la persona. Este joven, nacido en el castillo de Arona, cerca de Milán, era hijo de Gilberto y de Margarita de Médici, hermana del Papa Pío VI. En su juventud se entregó a la vida fácil y fastuosa. Pero esta clase de vida no llenaba sus ideales y sueños. Por eso se ordenó de sacerdote una vez que terminó sus estudios de Derecho civil y canónico en la universidad de Pavía. Al poco tiempo su tío le nombró cardenal de la Iglesia. Tenía una inmensa riqueza material. Todo lo abandonaría por amor a los pobres, su gran delicia y su gran preocupación. En su casa daba de comer cada día a más de 3.000 personas. Vivía pobremente como ellos para darles ejemplo y porque sentía en sus venas que ahí se encontraba feliz. A nivel pastoral – todo es pastoral cuando se hace el bien – colaboró eficazmente en el Concilio de Trento, de tanta importancia para la Iglesia universal. Siendo arzobispo de Milán, la diócesis más grande después de Roma, fundó seminarios en los que los sacerdotes adquiriesen una formación de calidad. Se le recuerda en todas sus biografías como el santo que se entregó de lleno en la ayuda y en el consuelo material y espiritual a todos los qu tuvieron que sufrir al azote de la peste de Milán en 1576. El mismo la había profetizado como un don más que Dios le había concedido en su vida. A pesar de su edad avanzada, no dejaba sus deberes y repetía a menudo:"Para iluminar, el fuego debe consumirse". Su cuerpo incorrupto se conserva en la catedral de Milán. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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