lunes, 20 de noviembre de 2017

San Quintín

Etimológicamente significa” el quinto”. Viene de la lengua latina. Este hijo de un senador romano era muy querido en la ciudad por su valentía en mostrar que era cristiano y que su gran amigo era el Papa san Marcelino. Desde joven tenía un alto ideal que rigió toda su existencia: buscaba a toda costa que la gente conociera y amara a Cristo, el Dios único y verdadero que predicaban y vivían los cristianos. El Papa san Cayo, en su afán de expansionar el conocimiento de Jesús por otras partes distintas de Roma, pensó en enviar a un grupo de jóvenes a Francia para que anunciaran la Palabra de Dios. Quintín fue enviado a la ciudad de Amiens, ya cristianizada por la predicación del apóstol san Fermín. Hicieron mucho bien en la ciudad y tal era su entusiasmo predicando que en seguida se transformó y se reavivó la fe de aquellos cristianos y la de los nuevos. Tenía cualidades impresionantes, entre las que podemos destacar su don de hacer milagros a los pobres y a quienes necesitasen de su ayuda divina. Cada día acudía más gente a los lugares e iglesia en donde predicaba san Quintín. Por esta razón los sacerdotes de los dioses falsos o paganos notaban que sus templos quedaban casi vacíos. Entonces presentaron sus quejas a la autoridad competente. El gobernador, con todo el respeto que merece el hijo de un senador, le mandó llamar. Quintín, sin arrugarse lo más mínimo, le dijo que Jesús estaba vivo, había resucitado. Esto le sonaba a chino al gobernador. Lo encerró en un calabozo para que no predicase y para ver si lograba que adorase a los dioses romanos. Lo dejó en libertad durante unos días. Pero el joven seguía predicando y llevándose a la gente a los templos cristianos. Entonces lo encarceló de nuevo y, en presencia y para escarmiento de todos, le cortó la cabeza. Esto era el año 287. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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