sábado, 18 de noviembre de 2017

San Agustín

Etimológicamente significa “ consagrado a los augurios”. Viene de la lengua latina. Es de sabios reconocer los errores y corregirlos a tiempo. Esta figura estelar en la historia de la Iglesia no nació – como nadie – santo. Se fue haciendo a medida que la vida le fue dando golpes y se cansó del placer fácil que la sociedad le regalaba. Era hijo de Mónica, la santa de ayer. Era profesor de retórica en Cartago. Fue entonces cuando se unió sentimentalmente –nada nuevo hay bajo el sol – y tuvo con ella un hijo por nombre Adeodato. Se metió de lleno en la secta maniquea que enseña la existencia de dos dioses antagonistas: el dios bueno, creador de los espíritus, y el dios malo, creador de la materia. Al poco tiempo se dio cuenta de que esta secta no le satisfacía su afán intelectual y su inquietud espiritual. Cansado, se marchó a Roma y se convirtió en profesor en Milán. La predicación de san Ambrosio le conmovió, le llevó a la conversión y al bautismo. A su vuelta a Africa fundó la Orden de los Agustinos, de carácter contemplativo. Le ordenaron de sacerdote y más tarde fue el obispo de Hipona. Tuvo que emplear su dialéctica combatiendo las herejías donatista y pelagiana. A raíz del saqueo de Roma por parte de los Bárbaros, escribió sus libros más famosos “Confesiones y la Ciudad de Dios”. Tardó 13 años en escribirlos. En ellos defiende con rigor la religión católica. Demuestra que todo sucede según los designios de Dios. Es lo que antes dijo san Pablo:"Todo sucede para el bien de los que aman a Dios" Justamente cuando los Vándalos invadieron Hipona, encontró la muerte. Era el año 430. Se sintió enfermo de fiebres altas. Era consciente de que llegaba su final. Si alguien le preguntaba si le tenía miedo a la muerte, contestaba así:<


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