martes, 21 de noviembre de 2017

San Agustín de Cantorbery

Etimológicamente significa “ consagrado a los augurios”. Viene de la lengua latina. Este evangelizador de Inglaterra vivía feliz en el monasterio de Monte Celeste, en una de las siete colinas que rodean a Roma. Su espíritu de obediencia, sin embargo, estaba siempre alerta para obedecer las órdenes que llegaran de los Superiores. Y este es el caso en que puso de manifiesto lo que pensaba y lo que vivía. El Papa, san Gregorio el Grande, deseaba ardientemente que las islas británicas fueran evangelizadas. Habló con Agustín para arrancarlo de su claustro y llevarlo a tierra lejanas. Pero la preocupación del Papa era tan grande por la evangelización de los Anglosajones que no dudó lo más mínimo en enviarlo para esta delicada misión. Eran gente bárbara que rechazaba el Evangelio. Preferían seguir con sus dioses y ritos paganos. Lo consideraron en seguida como un invasor. Le acompañaron en esta misión cuarenta compañeros monjes. El viaje tuvo varias escalas: una en Lérins y otra en París, ya que el camino desde Roma hasta allá era muy largo. Fueron bien recibidos por Etelberto, rey del condado o provincia de Kent, en el sur de Inglaterra. La mujer de este rey era ya cristiana. Los instaló en Cantorbery, una bella ciudad muy cercana al Canal de la Mancha. El fervor y la elocuencia de los monjes llegados de Roma impresionaron al rey, y pronto les pidió que lo preparasen para el bautismo. No fue tan precioso el recibimiento que le hicieron los Celtas cristianos de Francia. La razón, según el Venerable Beda, no fue otra que la falta de tacto. Cuando convocó a sus obispos para que lo reconocieran como el primado nombrado por el Papa y para que adoptasen la liturgia romana, Agustín prefirió quedarse en su sede y no ir a su encuentro. Los clérigos se irritaron por la injerencia de los monjes romanos. San Agustín, fiel a sí mismo y al Evangelio, logró mucha más conversiones y convirtió Cantorbery en su sede de obispo. Trabajó mucho por la reconciliación entre los cristianos bretones y los ingleses. Hicieron falta cien años. ¡Felicidades a quienes lleven este nombre!


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