lunes, 20 de noviembre de 2017

San Jeremías

Etimológicamente significa “Dios me levanta”. Viene de la lengua hebrea. Vivió en el año 566 antes de Cristo. Este profeta es uno de los llamados grandes por la extensión de sus escritos. Dios se vale de personas en cada tiempo para hacer el bien y para dar a conocer la buena noticia que viene del cielo. El vivía feliz con sus padres en una aldea cercana a Jerusalén. De pronto el Señor irrumpe en su vida y le trastorna todos sus planes. Al principio se opuso indicándole que era muy joven y que, además, era tartamudo. Ante estas palabras, Dios le dijo:" No digas que eres demasiado joven o demasiado débil, porque yo iré contigo y te ayudaré". Le tocó predicar en tiempos difíciles en los que reinaron varios reyes acerca de la destrucción que sufriría Jerusalén. Ante profecías como ésta, alguna gente reaccionaba en contra suya apedreándolo o expulsándolo a otros lugares o naciones. Entre tanta pena tuvo el consuelo de que el rey Josías lo entendió y le ayudó en suscitar o restaurar la religiosidad del pueblo elegido por Dios, Israel. Otros reyes, sin embargo, le hicieron la vida imposible. Jeremías, a pesar de su juventud, no tenía pelillos en la lengua para decir las verdades a cualquiera. Como ocurre con los mártires y profetas de este siglo XXI y del recién acabado XX. Hubo reyes que se permitieron el lujo de quemarle sus escritos proféticos. Otros lo encarcelaban y le amenazaban con darle muerte si no se callaba. Estando en estas circunstancias, el Señor que nunca defrauda a nadie que se fíe de él, le dijo estas palabras:<< Te haré fuerte como el diamante si no te acobardas. Pero si te dejas llevar por el miedo, me apartaré de ti". Estas palabras le animaron a proseguir en su labor apostólica. Sentía en sus carnes que parte del pueblo y sus gobernantes “pasaban” de él. <


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